O Carnaval mais grande do mundo

por Victoria Ferreira
Viajes - 18/02/2016

La alegría es brasilera y, durante el carnaval de Río, se cambia el lema nacional de “ordem e progresso” por “descontrol y barbarie”.

Los cariocas reciben a los miles de visitantes con una sonrisa, un mapa, la programación y un deseo: bom carnaval. Y deberían agregarle “que la fuerza te acompañe”, porque hay que ser valiente para sobrevivir a esos días de locura en los que todo vale y se vive como si no hubiera un mañana. La Cidade Maravilhosa se prepara todo el año para ese acontecimiento que es como un gran viaje de egresados. “En la previa, todo el mundo se pone a revisar la lista de blocos, las fechas, los lugares y horarios, a organizar con amigos a cuáles ir, cómo y con qué disfraces: grupales, individuales o en pareja,” cuenta Felichão, dj francés que está viviendo en Río. La mayoría de los cariocas huyen de ahí, alquilan sus departamentos a precios astronómicos y dejan que sea lo que Dios quiera.

Los turistas internacionales se concentran en el Sambódromo y los brasileros (de otros estados, o del interior de RJ) toman las calles. Sale gente hasta de las alcantarillas, pero más que personas, son personajes: Chavos y Chilindrinas, Marios y Luigis, Peter Pans y Campanitas, abejitas como la del video de “No Rain” de Blind Melon, Picapiedras, Minions, y hasta un Vincent Vega perdido, gente con pelucas, vinchas, sombreros, coronas de flores, collares, pestañas postizas, tiras de leds, agitando abanicos para ventilar un poco a esos cuerpos purpurinados, sudados, quentes. “Los restaurantes se llenan de piratas, superhéroes desaliñados, hadas derretidas por el calor, pitufos borrachos, romanos haciendo fila para el baño y  dioses del Olimpo comiéndose un falafel con un suco de abacaxi com hortelã. Toda la ciudad intenta hacer cosas rutinarias en medio de ese caos y esas escenas son de las mejores del carnaval,” dice Felichão entre risas.


A los argentinos nos enseñaron a temerle al dengue y al zika, pero allá no se ve a nadie poniéndose repelente. La campaña realmente fuerte es la de prevención de las enfermedades de transmisión sexual. Con la consigna deixa a camisinha entrar na festa, un divertido spot televisivo muestra a un personaje disfrazado de preservativo violeta (O Homem Camisinha) al que siempre quieren dejarlo afuera de la diversión. También se ve esa frase en la vía pública y en dispensers en todos los bares. Pero más intensa aún es la lucha contra la sed: los omnipresentes vendedores ambulantes se aseguran de que nadie sufra y la bebida fría parece ser un derecho humano escrito en la Constitución Nacional Brasilera. Los sofocantes 40 grados se refrescan con una cerveja bem gelada, una caipirinha (que también viene en formato sacolé: una bolsita helada como el Naranjú), con energizantes o cualquier clase de líquidos fríos cuyos envases y contenidos terminarán desparramados por las calles. No dan abasto ni los tachos ni los miles de baños químicos, los bares cobran unos 4 reales por el uso de los suyos, y entonces el aire de Río queda impregnado de un perfume muy particular, un aroma a xixi y alcohol que se respira con mayor intensidad en Lapa, el barrio fiestero por excelencia.

Claro que el tránsito colapsa y por eso la mejor forma de atravesar la ciudad es bajo tierra. La cola para sacar un cartão de metrô es de por lo menos una hora (como nadie vive ahí, nadie tiene la suya de antes), y el viaje es un paseo en un Trencito de la Alegría: los vagones se sacuden con los grupos de amigos que van agitando, cantando los temas del momento o las típicas marchinhas de las escolas do samba. Tomo guaraná, suco de cajú, goiabada como sobremesa, del gran Tim Maia, se escucha mientras hacen percusión con lo que encuentren, golpean las paredes, se cuelgan de los caños, hasta uno se prende un pucho ahí en el subte y nada importa porque van rumbo hacia algún bloco y ¡que no decaiga!


Desde Lapa hasta Leblon, pasando por el Posto 6 de Copacabana y el Posto 9 de Ipanema hay caravanas de gente carnavaleando, tocándose, danzando y dándose beijinhos en celebraciones por todos lados y para todos -o casi todos- los gustos: el bloco afrobrasilero Bola Preta (el más antiguo de Río), el bloco beatle Sargento Pimenta (que hace covers de los Fab Four), Sobe mas não desce (que va bajando por las calles de Santa Teresa con banda estilo fanfarria, y termina enLargo do Machado), y blocos clandestinos que no están en el cronograma oficial y anuncian su partida sorpresivamente, como Boi Tolo, el favorito de Felichão. “Dura todo el día y va sin rumbo fijo, tiene la mejor banda y los mejores disfraces, y cuando pasa por el Aterro do Flamengo es como un Woodstock con gente sentada en el pasto.”

También se hace una edición especial carnavalera de Selvagem, la fiesta ondera y gay-friendly comandada por la dupla de djs/periodistas Millos Kaiser y Trepanado. “Es un must que se anota en la agenda desde que se publica la fecha y no se sustituye por ningún otro programa,” asegura Felichão. El sábado 6 de febrero, desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana en la cancha de fútbol de la Escola Vizinha Faladeira, se despacharon con 12 horas de buena música bajo las estrellas con un set que fue subiendo la temperatura desde Gilberto Gil y Talking Heads pasando por sonidos disco, house y funk carioca hasta que terminaron de prender fuego la pista con un edit instrumental de “Inundados” de Os Paralamas que todos cantaron a coro en un gran karaoké.

Ya desde el 16 de enero había empezado el Carnaval da Rua con sus cientos de blocos y festejos callejeros que se intensificaron entre el 6 y el 9 de febrero y se extendieron hasta el 14. Y recién ahora, después de casi un mes de descontrol, puede decirse que empieza el año oficialmente para Río de Janeiro: un 2016 que tendrá a los cariocas de anfitriones de los Juegos Olímpicos. ¡Alegria não tem fim!

Fotos: gentileza Montserrat Cazenave y Cecilia García



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